CAFÉ Y DIGNIFICACIÓN DEL TRABAJO CAMPESINO

Por, Luciano Grisales

Luciano Grisales

Para el departamento del Quindío, que yo represento, y para Colombia, el café ha sido parte esencial, no solo de su desarrollo, sino de su cultura. En la zona cafetera, que incluye al Quindío, se cifra la historia de la más espectacular hazaña de crecimiento económico que haya vivido el país. Una historia que ha hecho de nuestro pueblo una gente férrea y disciplinada, vehemente y generosa, honesta y beligerante. Es bueno hacer mención a esa historia en el marco de la celebración del Día Internacional del Café.

La historia es larga, por lo que quizás baste decir que en departamentos como el que represento, la posibilidad de acceder a la tierra en condiciones más o menos democráticas, permitió la aparición del cafetero —aquel pequeño propietario productor cuya finca no excede la hectárea y media— que, ayudado del trabajo familiar y con el colchón de sus huertas y otros cultivos de pan coger, logró posicionar a Colombia como un país cafetero reconocido a nivel mundial.

El café permitió el crecimiento económico del país, aportó a la construcción de infraestructura, significó un recurso vital para el desarrollo de otros sectores económicos como la industria y, quizás más importante, nos dotó de una identidad común. Todo esto se logró de la mano de una institución fundamental: la Federación Nacional de Cafeteros. Hoy el país se ha diversificado, la importancia del café aún se deja sentir y todavía hoy es una de las cosas que nos hace sentir orgullosos a donde vayamos. Sin embargo, a pesar de lo importante que, para todos, han sido las condiciones de vida de los trabajadores dedicados al cultivo del café, al igual que las de todos nuestros campesinos, parecen haberse estancado hace décadas y hoy el campo no parece ser una opción rentable. Pocos se quedan en el campo. La ruralidad parece destinada a convertirse en el purgatorio de todo aquel que no tiene opción de emigrar.

Un estudio de la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia señala que, desde de la década del 90, muchos municipios del eje cafetero han presentado escasez de mano de obra, situación que se ha hecho hoy más crítica. Además, de acuerdo con datos de esta misma institución, la edad promedio de un caficultor es de 52 años y la de un recolector es de 42 años.

Hoy nuestros campesinos se están envejeciendo y las nuevas generaciones no han hecho el relevo esperado. Debemos volver al campo, hacerlo atractivo para los jóvenes. Tenemos que conectarnos con nuestras raíces. Debemos mejorar las condiciones de empleo de nuestros trabajadores; esta es la forma de lograr dignificar sus vidas.

Nuestro Proyecto de Ley Dignificación de Trabajo en el Campo busca este propósito, dirigiendo el gasto social del Estado a resolver los diferenciales económicos de esta población. No debemos olvidar que el 44.7% de los pobladores rurales son pobres, y que un trabajador rural recibe solo un tercio del salario que recibe un trabajador urbano.

Hemos trabajado nuestro proyecto con todos los sectores del agro. Queremos que nuestros campesinos sean reconocidos como una población prioritaria. Buscamos mejorar sus condiciones laborales, pero también garantizar incentivos para los agricultores y así facilitar la contratación del recurso humano.  Cuando hablamos de dignificar el trabajo del sector agropecuario es porque hemos entendido que el recurso humano es el elemento clave del desarrollo agropecuario y en él se encuentra el futuro del país. Un futuro que nos conecta con nuestras raíces.

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