Los puentes de la paz

Columnistas Opinión

Por Antanas Mockus
Senador, Partido Alianza Verde

 

Después de 30 años, Colombia vivió en el 2017 el año con menos muertes violentas: 24 homicidios por cien mil habitantes. Vamos por buen camino, pero el camino debe seguir sin tregua y con persistencia. Sin lugar a dudas, este hecho histórico obedece en gran parte a que la guerrilla de las FARC-EP transitó del ruido de los fusiles al poder de la palabra. La firma del acuerdo de paz en la Habana nos ha dejado claro un mensaje que repercute en vidas salvadas: nunca más armas mezcladas con política.

Gracias a la agenda de la Comisión Sexta, este tránsito lo he vivido en las últimas semanas en dos regiones admirables de nuestro país: Meta y Casanare. La primera, por investigaciones que hice (la comisión VI viajaba a esta región y por la muerte de mi madre no pude viajar) y, la segunda, porque viajé a Yopal.

En 2017 los homicidios de Villavicencio bajaron en una cuarta parte (24%) frente al año 2016, pasando de 142 a 108 homicidios. En ese mismo año, Yopal tuvo 6 homicidios por cien mil habitantes. Probablemente en estas zonas la cultura guerrerista ha mermado y la dejación de las armas por parte de las FARC ha tenido un impacto positivo en términos de vidas protegidas.

Estas condiciones son un resultado admirable por sí mismo y, a su vez, son un resultado que permite plantear discusiones que antes eran muy lejanas, por ejemplo, el reto de articular y poner en diálogo la Colombia olvidada y víctima de la guerra con la Colombia urbana y del centro del país. Las brechas históricas que han existido en estas regiones hay que disminuirlas.


“Si las zonas de este país diverso no tienen “puentes” entre sí, esta pedagogía es imposible de desarrollar”.


Esta conexión entre estas dos colombias supone fortalecer una moneda con dos caras: el cambio cultural, por un lado, y la infraestructura, por otro lado. La construcción de carreteras puede contribuir a cerrar estas brechas, poner en comunicación real dos regiones, y tejer puentes necesarios que alimenten el intercambio de narrativas, fortalezas territoriales y diferencias culturales. Se trata de construir también puentes simbólicos que permitan crear entre todos las posibilidades físicas y culturales de la reconciliación.

Estos puentes suponen que las carreteras se hagan realidad, ya hay unas en construcción, pero sus procesos de implementación, cumplimiento de tiempos y eficiencia en el gasto no han sido óptimos. Estas construcciones merecen todo el seguimiento, la veeduría y rendición de cuentas. A su vez, es necesario que su implementación, construcción y ejecución sean transparentes y eficientes.

Colombia, lo digo con toda convicción, debe ser un ejemplo de pedagogía generalizada donde todos aprendemos de todos. Si las zonas de este país diverso no tienen “puentes” entre sí, esta pedagogía es imposible de desarrollar.

 

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